Juan Carlos Kreimer Al principio, le echábamos la culpa al trabajo. Durante muchas horas del día, del atardecer, de la noche y de los tiempos de descanso o recreación, ella y yo estábamos ocupados. Como lo que hacíamos nos apasionaba, le poníamos mucha libido. Y quedábamos muy pendientes de los resultados como medio de realización personal. Cuando nos encontrábamos, nos llevaba mucho tiempo informarnos acerca de esos temas, que olvidábamos hablar de nosotros: acerca de cómo nos sentíamos, de necesidades viscerales, de cómo estábamos con el otro, de cosas aparentemente sin importancia. Cada tanto, cualquiera de los dos reclamaba: “No tenemos tiempo para nosotros. ¿Dónde quedó nuestro espacio? Decíamos, entonces, agendar algunos momentos para estar juntos, ir a caminar solos o tomar un café y poder conversar tranquilos. El deseo de estar cerca del otro nos ayudaba a abrirnos y empezar a compartir lo que nos sucedía. Confirmábamos, incluso, que el otro estaba ahí, que nos “ve...