
Durante
años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el
mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico
que yo era. Y yo me ofendía aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar,
pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara.
Lo
peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo
estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él
estaba de acuerdo y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía
impotente y como atrapado.
Pero
un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa
que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de
quererte”.
Aquellas
palabras sonaron en mis oídos como música: “No cambies. No cambies. No cambies…
Te quiero…”.
Entonces
me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié.
Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo de que cambiara o dejara de cambiar.
¿Es así como Tú me quieres, Dios mío?
Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo de que cambiara o dejara de cambiar.
¿Es así como Tú me quieres, Dios mío?
Referencia bibliográfica
Mello,A. (1982). El canto
del pájaro. México: Sal Terrae. págs: 92-93.
Comentarios
Publicar un comentario