
Junto con ese miedo al castigo
se instala una nueva reacción: cuando uno está contento y disfruta del placer, a
pesar de que eso es un deseo natural, siente que no se lo merece. La culpa de odiar
a quienes más ama convence al niño de que no es merecedor de nada bueno, alegre,
o placentero. El niño siente que si alguna vez llega a ser feliz, el inevitable
castigo será aún peor. Así que inconscientemente el niño evita la felicidad, pensando
que de ese modo evita un mayor castigo. Esta actitud crea situaciones y patrones
que parecen destruir siempre lo que uno más ha deseado en la vida.
Este miedo a la felicidad lleva
a la persona a todo tipo de reacciones no sanas, a síntomas, esfuerzos, manipulaciones
de sus emociones e incluso a acciones que indirectamente crean patrones que aparecen
como si se tratara de cosas involuntarias, sin que la persona sea responsable de
ellas. Así, surge un nuevo conflicto. Por
un lado la persona desea profundamente la felicidad y la satisfacción y, por el
otro, el miedo a la felicidad prohíbe la satisfacción. Aun cuando el deseo de felicidad
nunca puede ser erradicado, sin embargo, debido a ese oculto sentimiento de culpa,
mientras más desea uno la felicidad, más culpable se siente.
Pero a partir del miedo al castigo
y del miedo de no merecer la felicidad se crea una reacción aún más complicada.
La mente inconsciente piensa: "Tengo miedo de ser castigado por los demás,
aunque sé que lo merezco. Es mucho peor ser castigado por los demás, pues en ese
caso estoy a su merced, ya sea que se trate de gentes, del destino, de Dios o de
la vida misma. Pero tal vez si me castigo yo mismo al menos puedo evitar la humillación,
el desamparo y la degradación de ser castigado por fuerzas exteriores a mí mismo."
Estos conflictos básicos de amor y odio, de culpa y de miedo al castigo, existen
en cada ser humano. El deseo compulsivo del auto-castigo debido a conclusiones erróneas
e ignorantes existe en cierto grado en todos los seres humanos.
Así, la persona llega a castigarse
a sí misma. Lo cual puede suceder de diversas maneras, ya sea mediante la enfermedad
física producida por la psique, o a través de desgracias, dificultades,
fracasos o conflictos en cualquier área de la vida. En cada caso el área afectada
depende de la imagen personal que el niño ha formado y llevado a lo largo de su
vida hasta que la descubre y eventualmente la disuelve. Así, si existe una imagen
relacionada con la profesión, por ejemplo, se verá fortalecida por el inherente
deseo de autocastigo de modo que la persona enfrentará constantes dificultades
en este aspecto de su vida. Y si, en cambio, existe una imagen relacionada con el
amor y la vida marital, el mismo patrón funcionará también en este caso.
Así, si cuando no tienes éxito para satisfacer un deseo consciente
y legítimo, mirando tu vida descubres el patrón de que la satisfacción de ese deseo
ha estado constantemente frustrada, como si no tuvieras nada que ver en el asunto
(como si te hubiera caído encima un inmerecido destino), puedes estar seguro de
que no sólo hay una imagen y una conclusión errónea dentro de ti, sino de que, además,
la necesidad del autocastigo también está presente.
Otra reacción en cadena,
más adentro de este círculo vicioso, es el desgarramiento de la personalidad respecto de sus deseos. El desgarramiento
original entre amor y odio, el cual inició el círculo vicioso, provoca otros desgarramientos,
tal como lo pueden ver claramente hasta ahora. Uno de esos sentimientos conflictivos
es la necesidad de auto-castigo, junto con la cual coexiste el deseo de no ser castigado.
Así que una parte oculta de la psique dice: "Tal vez me pueda escapar de esto.
Tal vez logro expiar de otro modo mi enorme culpa por odiar." Esta
expiación imaginaria es algo así como un regateo. Uno hace esto imponiéndose un
ideal de vida al cual es imposible conformarse en la realidad. La pequeña voz interior
argumenta: "Si soy tan perfecto, si no tengo defectos ni debilidades, si soy
el mejor en todo lo que hago, entonces puedo encontrar una solución para mi odio
y mi resentimiento pasados." En cierto momento esa pequeña voz fue reprimida
en el inconsciente, de modo que no murió, sino que aún está viva ahora.
Referencia bibliográfica.
Pierrakos, E. y Thesenga, D. (1994). No temas el mal. México: Pax.
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