
Elegí
enseñar en Battersea, un barrio proletario que la mayoría de los profesores
nuevos evitaba —pero yo había sido cartero ahí y me gustaba el sector.
Mis
nuevos colegas me desconcertaban. “Nunca digas que eres ‘profesor’”decían. “¡Si en el bar descubren que eres
profesor, todos se alejarán!”. ¡Era
verdad! Yo creía que los profesores eran figuras respetadas, pero en Battersea
eran temidos u odiados. Me agradaban mis colegas, pero tenían una actitud colonialista hacia los niños; se
referían a ellos como el “pobre
ganado” y les disgustaban precisamente aquellos que yo consideraba más inventivos. Si un niño es creativo,
lo más probable es que sea más difícil de controlar, pero esa no es razón para rechazarlo. Mis colegas tenían una mala auto-imagen: una
y otra vez les oía decir: “Un hombre entre niños; un niño
entre hombres”, cuando describían su
condición. Llegué a darme cuenta que su infelicidad y falta de aceptación en la
comunidad se debía a que ellos mismos se sentían irrelevantes, o más bien, que
la escuela era algo impuesto a la fuerza por la clase media a la cultura de la
clase trabajadora. Todos parecían aceptar que si uno podía educar
a uno de estos niños, éste sería alejado de sus padres (cosa que mi educación
había hecho conmigo). Las personas educadas eran snobs y muchos padres no
querían que sus hijos se alejaran de ellos.
Como
le sucede a la mayoría de los profesores nuevos, me dieron el curso que nadie
quería. Era una mezcla de veintiséis niños “promedio” de ocho años y veinte
“atrasados” de diez años que la escuela había clasificado como ineducables. Algunos de estos últimos eran incapaces
de escribir su nombre después de cinco años de escuela. Estoy seguro que el profesor Skinner podía enseñarle
incluso a las palomas a escribir su nombre a máquina en un par de semanas, de
modo que no creí que estos niños
fueran realmente estúpidos: lo más probable es que estuvieran poniendo resistencia. Fue impresionante cuando estos
niños intimidados y con cara de muertos, de pronto se iluminaron y se vieron inteligentes al no pedirles que aprendieran. Mientras limpiaban la pileta de
los peces, se veían bien. Cuando escribían una oración lucían torpes y derrotados.
Casi todos los profesores, incluso si
no fueron muy brillantes, se manejaron razonablemente bien como escolares, de
modo que supuestamente les resulta difícil identificarse con los niños que
fracasan. Mi caso era peculiar, ya que demostré ser excepcionalmente
inteligente hasta los once años, ganaba todos los premios (cosa que me incomodaba,
dado que pensaba que debían dárselos como una compensación a los niños que les
costaba más), era el regalón de los profesores, etc. Luego, en forma
espectacular, de pronto llegué a ser el último del curso —“abajo entre la
escoria”, como lo describía el director. Nunca me perdonó. Yo también estaba
desconcertado, pero gradualmente me di cuenta que no trabajaría para personas
que no me agradaran. Con los años, mi trabajo poco a poco mejoró, pero jamás
cumplí mi promesa. Cuando me gustaba algún profesor y ganaba un premio, el
director decía: “¡Johnstone le está
arrebatando este premio a otros niños que se lo merecen!”. Si durante años uno ha sido el último del curso, se tiene una perspectiva diferente: yo fui amigo de los
niños fracasados, y nada me haría
descalificarlos como “inútiles” o “ineducables”. Mi “fracaso” fue una técnica de supervivencia, y sin ella,
probablemente nunca habría logrado salir de la trampa que mi educación me había
tendido. Habría terminado con mi conciencia aún más bloqueada que ahora.
Me
propuse que mis clases no serían aburridas, entonces saltaba, movía los brazos
y generalmente tiraba cosas para arriba —lo que es entretenido, pero malo para
la disciplina. Si a un profesor inexperto se le obliga a hacerse cargo del
curso más difícil, puede hundirse o nadar. Por muy idealista que sea, tenderá a
ceñirse a las formas tradicionales de imponer disciplina. Mi problema era
resistir las presiones que me convertirán en un profesor convencional. Tenía
que establecer una relación muy diferente antes de pretender liberar la
creatividad que era tan obvia en los niños cuando no sentían que estaban
“siendo educados”.
Me
parecía que las ideas de Stirling se podían aplicar a todas las áreas, y
especialmente a la escritura: era evidente que la escritura y la lectura tenían
mucha importancia, y en todo caso, la escritura me interesaba y quería
contagiar a los niños con entusiasmo. Probé haciendo que se enviaran notas
secretas, que escribieran comentarios groseros acerca de mí, etc., pero los
resultados fueron nulos. Un día llevé a la clase mi máquina de escribir y mis
libros de arte y dije que tipearía cualquier cosa que desearan escribir acerca
de los cuadros. Después me surgió otra idea y dije que también escribiría sus sueños —y
de pronto realmente quisieron
escribir. Escribí en la máquina todo, exactamente como lo habían hecho ellos,
incluyendo las fallas de ortografía, hasta que me pillaron. Tipear las fallas
de ortografía era una extraña idea a principios de los años 50 (y probablemente
ahora) —pero funcionó. La presión para hacer bien las cosas provenía de los
niños, no del profesor. Estaba impactado por la intensidad de los sentimientos y la violencia que expresaban los niños y su determinación por hacer lo correcto, porque nadie habría soñado que les importaba. Incluso los analfabetos
pedían a sus amigos que les deletrearan cada palabra. Suprimí el horario, y a
lo largo de un mes, escribieron durante horas todos los días, Tenía que obligarlos
a salir a recreo. Me sorprendo cuando oigo decir que los niños tienen un lapso
de atención de sólo diez minutos, o algo así. Diez minutos es el tiempo de
atención de niños aburridos, que es como normalmente se sienten en el colegio —y
de ahí la mala conducta.
Me
asombró aún más la calidad de lo que escribieron los niños. Durante mi
formación profesional nunca vi ejemplos de cosas escritas por niños; pensé que
me habían hecho una broma (¡uno de mis colegas debe haberles pasado de
contrabando un libro de poesía moderna!). Los mejores trabajos, lejos, fueron
los de los niños “ineducables” de diez años. Al final de mi primer año, el
examinador se negaba a dar por terminada mi
práctica. Había descubierto que en mi curso los niños hacían aritmética con
máscaras en la cara —las habían hecho
durante las clases de arte y yo no veía por qué no
podían usarlas. Había un túnel de cartón por el cual se suponla que él tenía
que pasar arrastrándose
(porque la sala era como un iglú), y
un hoyo imaginario en el piso, alrededor del cual se negó a caminar. Yo había
amontonado y prendido con alfileres en la pared del fondo todo el
papel de dibujo, de modo que cuando un niño se aburría, dejaba lo que estaba
haciendo y pegaba más hojas en el ardiente bosque.
El
director había desalentado mi ambición de ser profesor: “No eres el tipo adecuado de persona”, decía, “no lo eres
en absoluto”. Ahora parecía que iba a ser rechazado en formal oficial.
Afortunadamente, la escuela fue
inspeccionada, y el Inspector de Su Majestad consideró que mi curso estaba realizando el trabajo más
interesante. Recuerdo un incidente que lo impresionó mucho: los niños gritaban
que sólo había tres pollos dibujados en el pizarrón, mientras yo insistía que
había cinco (dos aún estaban dentro del gallinero). Luego los niños empezaron
a garrapatear furiosamente, escribiendo historias acerca de pollos y gritando
las palabras que querían que les deletrearan en el pizarrón. Creo que al menos
la mitad de ellos jamás había visto un pollo, pero esto fascinó al Inspector.
“Usted se habrá dado cuenta que están tratando de despedirme”, dije, y arregló
las cosas de tal modo que nunca más fui molestado.
La
“no-interferencia” de Stirling funcionó en todas las áreas donde la apliqué: en
la enseñanza del piano, por ejemplo. Trabajé con Marc Wilkinson, el compositor
(después fue director musical del National Theatre), y su grabadora desempeñó
el mismo papel que mi máquina de escribir. Pronto tuvo una colección de
grabaciones tan sorprendente como los poemas que habían escrito los niños.
Pregunté a los profesores cuáles eran los niños que menos toleraban y luego
formé un grupo con ellos; y aunque todos estaban sorprendidos por tal método de
selección, el grupo demostró ser muy talentoso y aprendió a una velocidad increíble.
Al cabo de veinte minutos, un niño machacaba en el piano una marcha discordante
y el resto gritó: “¡Son los soldados japoneses de la película del sábado!”. Y
era eso. Inventamos muchos juegos —uno de ellos consistía en que un niño hacia
el sonido del agua y otro ponía un “pez” en ella. A veces los hacíamos sentir
objetos con los ojos cerrados y luego tocar en el piano como los sentían para
que los demás adivinaran. Otros profesores quedaron impresionados por el
entusiasmo y talento demostrado por estos niños “estúpidos”.
Referencia bibliográfica
Johnstone, K. (1990). Improvisaciones y teatro. Chile: Cuatro Vientos
me interesa el curso sobre autismo
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