Supongo que empezaréis a leer estas líneas con los ojos un poco enfurecidos después del provocativo titular. Pero el titular no es tan provocativo como parece (si bien necesita de una pequeña matización). Todo empezó la semana pasada, cuando estaba en una cafetería con un amigo y le expliqué uno de los artículos que tenía pensados para Genciencia. No importa cuál, lo que importa es que el artículo venía a desarrollar una serie de estudios que habían llevado a cabo científicos de diversas universidades. A mi amigo no le gustaron las conclusiones del artículo (tampoco importa si no le gustaron a nivel personal, político o moral), y por esa razón trató de impugnarlas. Yo traté entonces de explicarle mejor el contenido de dichos estudios, porque creía que él los había malinterpretado. Finalmente, mi contertulio me espetó, acorralado: ésa es tu opinión. Aparte de lo obvio (“sí, claro, esto es lo que digo yo”), tuve que defenderme: no, no es mi opinión. Yo no tenía ninguna opinión fu...