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Mostrando las entradas con la etiqueta aceptación incondicional

Ser profesor

          Elegí enseñar en Battersea, un barrio proletario que la mayoría de los profesores nuevos evitaba —pero yo había sido cartero ahí y me gustaba el sector.           Mis nuevos colegas me desconcertaban. “Nunca digas que eres ‘ profesor’”decían. “¡Si en el bar descubren que eres profesor, todos se alejarán!”. ¡Era verdad! Yo creía que los profesores eran figuras respe­tadas, pero en Battersea eran temidos u odiados. Me agradaban mis colegas, pero tenían una actitud colonialista hacia los niños; se referían a ellos como el “pobre ganado” y les disgustaban precisamente aque­ llos que yo consideraba más inventivos. Si un niño es creativo, lo más probable es que sea más difícil de controlar, pero esa no es razón para rechaz arlo. Mis colegas tenían una mala auto-imagen: una y otra vez les oía decir: “Un hombre entre niños; un niño entre hombres”, cuando describían su condición. Llegué a darme c...

No cambies

Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era. Y yo me ofendía aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado. Pero un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte”. Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: “No cambies. No cambies. No cambies… Te quiero…”. Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié. Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar...