Elegí enseñar en Battersea, un barrio proletario que la mayoría de los profesores nuevos evitaba —pero yo había sido cartero ahí y me gustaba el sector. Mis nuevos colegas me desconcertaban. “Nunca digas que eres ‘ profesor’”decían. “¡Si en el bar descubren que eres profesor, todos se alejarán!”. ¡Era verdad! Yo creía que los profesores eran figuras respetadas, pero en Battersea eran temidos u odiados. Me agradaban mis colegas, pero tenían una actitud colonialista hacia los niños; se referían a ellos como el “pobre ganado” y les disgustaban precisamente aque llos que yo consideraba más inventivos. Si un niño es creativo, lo más probable es que sea más difícil de controlar, pero esa no es razón para rechaz arlo. Mis colegas tenían una mala auto-imagen: una y otra vez les oía decir: “Un hombre entre niños; un niño entre hombres”, cuando describían su condición. Llegué a darme c...