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En qué puedo servirte

Ram Dass y Paul Gorman


Estaba buceando lejos de la costa, a alrededor de doce metros de profundidad, solo. Sabía que no debía haber ido solo, pero me sentía capaz de hacerlo y decidí aprovechar la ocasión de disfrutar de semejante aventura. La corriente no era demasiado fuerte, y el agua estaba tan cálida, tan cristalina, tan seductora… Cuándo sentí el calambre, me di cuenta de que había hecho una tontería. No estaba muy asustado, aunque el dolor en el estómago me impedía nadar. Intenté quitarme el cinturón de pesas, pero el calambre era tan intenso que ni siquiera conseguí desabrochar la hebilla. Me estaba hundiendo. Comenzaba a sentir temor; estaba inmovilizado. Miré mi reloj y comprendí que me quedaba muy poco tiempo de aire en el tanque. Traté de masajearme el abdomen. A pesar de que no llevaba puesto el traje de buzo, no lograba enderezarme ni tampoco podía tocar con las manos los músculos contraídos.
            En ese instante, pensé: ¡Esto no puede seguir así! ¡Tengo tantas cosas para hacer! No era posible que muriera en el anonimato, sin que nadie se enterara de lo que había ocurrido. Me dije: “¡Algo, alguien, ayúdenme!”
No estaba preparado para lo que sucedió. De repente sentí que un objeto puntiagudo me empujaba desde atrás, por debajo de la axila. “¡Dios mío, tiburones!, fue lo que pensé. Estaba, en verdad, horrorizado. Esa cosa me seguía impulsando hacia arriba. Dentro del campo de visión que me permitían los anteojos de buceo, divise un ojo, el ojo más maravilloso que jamás podía haber imaginado. Juraría que se estaba sonriendo. Era el ojo de un enorme delfín. Miré ese ojo, y supe que estaba a salvo. Continuó avanzando empujándome con suavidad; acomodó su aleta dorsal por debajo de mi axila y yo le pasé el brazo por encima del lomo. El abrazo me tranquilizó, me colmó de alivio. Ese animal me transmitía seguridad, me sonaba mientras me elevaba hacia la superficie. El calambre fue desapareciendo a medida que subíamos. El hecho de sentirme prote­gido me serenó.
Una vez en la superficie, el delfín me llevó hasta la costa. Se aproximó tanto, en aguas tan poco profundas, que temí que quedara atrapado en la arena. Lo ayudé a desplazarse aguas adentro; allí se quedó esperando, observándome, supongo que para comprobar que yo estaba bien.
Experimenté la sensación de estar vi­viendo otra vida. No sólo me quite el cinturón de pesas y el tubo de oxígeno, sino que me desnudé por completo y me volví a zambullir en el océano con el delfín. iMe sentía tan liviano y libre y vivo! Solo deseaba jugar en el agua, bajo el sol, en medio de esa libertad. El animal volvió a empujarme hacia la superficie y se quedó nadando conmigo. Noté que ha­bía muchos otros delfines a lo lejos.

Después de un rato, me ayudó a regre­sar a la orilla. Yo estaba muy cansado, casi a punto de desmayarme; el delfín no se marchó hasta asegurarse de que yo estuviera absolutamente fuera de peligro. Se puso de costado y me observo con un solo ojo. Nos quedamos mirándonos du­rante un tiempo que me pareció muy lar­go, una eternidad quizás, como si se trata­ra de un estado de trance, mientras imáge­nes del pasado atravesaban mi mente. Por último, emitió un sonido y se alejó para reunirse con los demás, y todos juntos partieron.
A veces, el servicio se da sin buscarlo. No se trata de un gesto elaborado, sino de la respuesta intuitiva de un corazón abier­to. Servir es un acto reflejo. Si alguien trastabilla, tu brazo se extiende Para soste­nerlo. Si un automóvil queda atrapado en el barro, te unes a otros para empujar y sacarlo de allí. Si un compañero de trabajo está deprimido, te preocupas y hablas con él. Todo parece apropiado y natural. Vivi­mos, luego servimos.
Cuando varias personas comparten este sentimiento, la acción brota espontánea­mente y los nutre a todos. Colaborar con los vecinos en casos de inundación... orga­nizar una reunión comunitaria... preparar un funeral... la gente parece conocer cuál es el papel que le corresponde en cada uno de esos casos. Creemos comprender que es lo que se nos pide, pero si en algún momento nos equivocamos y nos senti­mos incómodos, alguien se aproximara enseguida con una idea mejor, que acepta­remos con agrado. Cuidamos a un niño mientras los padres mudan sus pertenen­cias a un lugar donde no haya agua, acer­camos sillas para las personas mayores .que van a asistir a la reunión, le pedimos al sacerdote que lea el salmo favorito del muerto. Las necesidades pueden conocer­se de antemano, y una mirada de aproba­ción basta para cerciorarse de que todo marcha sobre ruedas.
Nos complace lo que hicimos y cómo lo hicimos. Por un lado, el esfuerzo surgió de un modo tan natural que parecería inútil o fingido decir algo al respecto: pasó lo que pasó. No obstante, si nos detenemos a re­flexionar por qué nos sentimos tan bien, nos daremos cuenta de que un proceso más profundo estaba en juego. Al expresar nues­tra generosidad innata, pudimos relacionar­nos con los demás, experimentar nuestro parentesco, la benevolencia derivada de pertenecer a una misma especie. Se trataba de "nosotros". Cuando servimos al otro, saboreamos qué significa la unidad.

Servir es servirnos

El Estado había "dado de alta", por falta de espacio, a muchos enfermos mentales que poblaban sus hospitales neuro­psiquiátricos, aunque la mayoría no esta­ba en condiciones de reintegrarse a la sociedad. Nuestro albergue para enfer­mos en vías de recuperación estaba a un paso de ser invadido por una multitud. Había espacio pero... ¿quién los atendería?, ¿quién les daría ropa?, ¿quién les cocinaría? Eran problemas serios que re­querían una solución urgente.
Al día siguiente del anuncio oficial, una hora antes de comenzar a atender, decidimos sentarnos todos juntos en silencio.
Meditar, orar, simplemente serenarnos. Cada cual recurrió a sus "municiones" personales; luego abrimos las puertas con confianza.
Habíamos acordado que todo to que hiciéramos, sería con amor. Si aceptába­mos a alguien, lo aceptaríamos con amor. Si rechazábamos a alguien o le sugería­mos otras alternativas, lo haríamos con amor. Aparentemente, todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. Las diferen­cias entre nosotros y las personas que nos pedían ayuda empezaban a desmoronar­se. La mera idea de que todo eso se rela­cionaba con la salud mental sonaba arti­ficial. Nadie creía de veras en eso o no tenía tiempo para pensarlo ni necesitaba hacerlo. Era una acción que nacía en el corazón. Recibimos a mucha gente con muchos problemas, y no hubo inconve­niente alguno. ¿Cómo fue posible?
Después de finalizar la tarea de selec­ción, conversamos sobre lo sucedido, una evaluación de rutina. "¿Podremos esta­blecer un orden? ", preguntó alguien, pro­vocando la risa de los demás. "¿Entonces, qué conclusión podemos sacar de lo que pasó?", dijo otro, y poniéndose de pie añadió: "La conducta que asumimos en estos tres últimos días simboliza lo que de veras somos, nuestra verdad profunda”.
Se produjo un momento de silencio. "Muy bien", sentenció alguien. Y esa fue toda la evaluación. Permanecimos en el lugar unos momentos más; no estábamos acostumbrados a que las cosas resultasen tan claras. Sin embargo, después de un par de minutos, nos fuimos incorporando y regresamos a nuestras tareas.
Cuando somos solícitos con el otro, tenemos la oportunidad de echarle un vis­tazo a una cualidad esencial de nuestro ser. Quizás estemos sentados, solos, sumidos en la autocompasión y en el descredito de nosotros mismos, cuando un amigo, que está realmente deprimido, nos llama por teléfono. En un acto instintivo, nos olvida­mos de nuestras penurias y le damos aliento. Compartimos un momento de confortamiento mutuo, colgamos el tubo y nos sentimos un poco más a gusto con nosotros mismos. Recordamos quiénes somos en realidad y qué es lo que tenemos para ofrecer a los demás.


Cuando el servicio se da de un modo tan natural, es lógico que deseemos o que nos preguntemos si las cosas podrían ser siem­pre, o casi siempre, así.

Referencia bibliográfica
Dass, R. y Gorman,P.(1994).En que puedo servirte, Revista Uno mismo, Volumen V, n° 2, 28-30. 


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