Sidra y Hal Stone
Fragmento del libro: Abrazar al Crítico interno
La gente responde de diversas
maneras al ataque del crítico interno. Algunos no se dan cuenta de lo que les
pasa y se deprimen. Son victimas del crítico y de la vida en general. Otros
evaden el ataque y, en lugar de menospreciarse o apenarse, juzgan a los demás.
Un yo enjuiciador fuerte es un signo claro signo claro de que, bajo la superficie,
está operando un crítico interno poderoso. En general, las personas que parecen
muy seguras de sí mismas y que siempre están dispuestas a abrir juicios sobre
los demás, suelen ser muy vulnerables en su interior y muy autocríticas. Ante
cualquier adversidad es posible que descubran que sus críticos internos gozan
de muy buena salud.
Otra
actitud bastante común es la de proyectarlo en las personas que suelen
juzgarnos. La pelea se plantea con los de afuera. Mientras tanto, en el
interior, el crítico hace su trabajo sin ser advertido ni molestado. Suele ser
el caso de las personas cuyos padres eran muy críticos con ellas. Viven toda la vida como niños rebeldes y
proyectan sus críticos internos en otras autoridades del mundo exterior que les
recuerdan a sus progenitores. Por ejemplo, algunos quiebran lanzas con las
religiones convencionales porque sus doctrinas son muy dogmáticas. Suelen tomar la dirección opuesta y adoptar
una escala de valores antitética respecto de la establecida por la religión. La
crítica se proyecta en la
Iglesia , que, sin duda, la merece. El problema es que estas
personas no se dan cuenta de que los juicios también viven dentro de sus
cabezas y se dirigen hacia ellas mismas mediante el crítico interno y hacia la Iglesia y las otras
personas mediante su naturaleza enjuiciadora. Cuanto más persistentes hayan
sido los juicios recibidos durante nuestra infancia, más difícil es tomar
distancia y darse cuenta de que el problema
no esta tanto en el exterior como en el interior.
Por ultimo, algunas personas que tienen alguna noción de la existencia
del crítico en su interior, deciden hacerle frente
y atacarlo. La manera de atacarlo es hacer exactamente
lo contrario de lo que el quiere que hagan.
Por ejemplo, si se le dice a Maria que debería prestarle mayor atención a su tía,
seguramente Maria se negara a saludar a su tía el día de su cumpleaños. Las
personas como Maria se convierten en hijas o hijos rebeldes que siempre están
en contra de lo que el crítico defiende. Esta rebeldía se refuerza si el padre de ese individuo es
enjuiciador e insiste con las mismas cosas que el crítico. El individuo se
rebela contra ambos: contra la figura externa del padre y contra las demandas del crítico interno.
Es muy común que los terapeutas enseñen a sus pacientes a rebelarse
contra el crítico interno, a imponerse contra sus demandas. Aprenden a ser
fuertes y se vuelven duros. Le advierten: "Es
la ultima vez que me sales con esas estupideces". Pero el crítico interno no se va. Simplemente, se oculta en las
profundidades y espera. Hasta que un día, se reafirma y
vuelve a la carga, tan seguro de si mismo y poderoso como siempre. Atacarlo no resuelve nada.
El crítico y el niño interior
En realidad, el ataque del crítico interno es un pedido
de ayuda. Es como un sistema de alarma que Buena dentro de
nosotros, advirtiéndonos del peligro. Nos
permite saber que, en algún nivel, el
crítico interno sufre, se angustia y
esta muy preocupado por lo que estamos haciendo, sintiendo o pensando. Teme que tengamos que sufrir pena,
rechazo o abandono. Siente terror de que
quedemos como tontos y pasemos vergüenza.
Lo importante es llegar más allá de
sus ataques
y convertir la angustia en entendimiento.
Recordar cómo y por qué nació nuestro crítico interno nos ayudara a lograrlo.
Debemos tener presente el importantísimo
papel que debió desempeñar para proteger a ese niño pequeño, vulnerable,
desprotegido y sensitivo que fuimos y que sigue viviendo en nuestro interior.
El crítico recuerda nuestro dolor cuando lastimaban nuestros
sentimientos, la humillación y la vergüenza que experimentamos. Recuerda cómo
sufrimos cuando la gente se reía de nosotros, cuando mamá nos gritaba frente
a todos. Recuerda la vez en que papá se rió de la cajita de madera que habíamos construido con las primeras herramientas.
Recuerda el terror que sentíamos al despertar
de una pesadilla en medio de la oscuridad. Haría cualquier cosa para
que no volvamos a vivir esas experiencias, aunque eso implique
destruirnos.
El crítico asocia los sentimientos de dolor, vergüenza y
terror con la vulnerabilidad del niño interior,
por eso lo considera su enemigo. Procura que no perdamos el control, que hagamos las cosas bien, que nos sintamos bien, que nos alimentemos
bien, que seamos buenos alumnos, que seamos buenos
padres, que hagamos bien nuestro trabajo. Si cumplimos, quizás estemos a salvo. De tener el poder para
hacerlo, compraría pólizas de seguro contra el dolor y la vergüenza con tal de
asegurar nuestra seguridad y nuestro bienestar.
Para
que todo funcione bien, oprime al niño interior, lo mantiene callado. El crítico no puede, por
ejemplo: llegar hasta nosotros y
decirnos: "Estoy preocupado
por la
manera en que te alimentas. Tengo miedo de
que te enfermes y no puedas trabajar". Esa, es la clase de cosas que nos diría el niño. Por el contrario, el crítico, que trata de protegernos de
nuestra vulnerabilidad, nos dice con su tono inimitablemente frío, racional y enjuiciador: "Eres una bolsa de papas. ¿Cuándo
vas a aprender a controlarte? Esas porquerías te están envenenando.
Si aplicamos el principio de conversión a este reproche y vamos mas allá del ataque, podemos
llegar hasta la vulnerabilidad que se oculta
en el corazón del crítico interno.
Podemos escuchar su voz, que suena
totalmente distinta, diciéndonos lo mal que se siente por nuestra
alimentación, lo mucho que le asustan las
enfermedades y lo confundido que esta
por la información caótica que recibe.
Nos pide ayuda porque se siente superado por las exigencias del mundo exterior. Al aprender a
cuidar del crítico, también aprendemos a
cuidar del niño interior.
Tomado de : Rev UNO MISMO. 1994. No. 138

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