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Intimidad (III)

Juan Carlos Kreimer

Dejar ir

Hace un par de años, estábamos al borde de un colapso: necesitábamos ella y yo, más intimidad, y al mismo tiempo nos encontrábamos imposibilitados para lograrla. No era que no nos la concediéramos: no se daba. Olvidé a partir de qué momento decidimos quitarnos el peso de la exigencia de “tener que tener” espacios de tiempo específicos para estar cerca.
Sólo recuerdo que ambos seguimos “haciendo” mucho, pero desde una conciencia distinta: sabíamos que podíamos “volver” a él. Anduviéramos por donde anduviéramos, hiciéramos lo que hiciéramos cada uno por su lado, empezamos a sentirnos algo así como representantes de un acuerdo íntimo.
La intimidad buscada aparecía bajo otras formas. Una charla en el auto, al dormirnos abrazados, en el silencio de una tarde del domingo… Al reencontrarnos, advertíamos que el otro había dado uno o varios pasos hacia sí mismo, dejaba aflorar algo que antes mantenía sumergido, nos confiaba algo más crudo.
Escribió Rainer María Rilke: “uno de los grandes dones que dos personas pueden ofrecerse es custodiar la soledad del otro”. Paradójicamente, pudimos empezar a sentir que algo se fundía entre nosotros a partir de que sentíamos que también podíamos esperarnos.
Ninguno podía satisfacer todas las necesidades del otro, ambos somos demasiado plurales. Forzarnos nos lleva a extraviar nuestros lugares de soledad y, con ellos, perder nuestros lugares de silencio y espera, de observar y evaluar la propia experiencia. El reclamo nos perdería en el camino. Poder alejarnos físicamente facilitó que los espacios “entre” nosotros se volvieran tan importantes como el estar juntos.
Cuando una relación “demanda” presencia se vuelve una forma y la forma ocupa el lugar del camino. Recientemente, investigadores del funcionamiento cerebral detectaron que cuando el espacio de una persona ha sido devorado por el de una relación, esa persona sueña menos o es borrado con más facilidad lo soñado.
“Pasar momentos lejos del otro es importante en una relación íntima, pero más importante es cómo se pasa ese tiempo. Pasar tiempo separados puede contribuir a que cada uno recupere su intimidad consigo mismo, y desde ahí, resignificar la del compañero” (Sam Keen).
Tal vez no haya aspecto más importante en una relación que el derecho a la soledad. Volver al centro de nuestro propio ser sin estar, ni sentirnos, afectados por el ego de nuestra pareja, ni por el que nos aparecía cuando estábamos excesivamente juntos, nos resultó un oxigeno: en un principio, evitó que la relación se tornara aburrida, se desgastara y que la sensibilidad y el respeto por el otro comenzaran a diluirse.
¿Demasiado contacto puede resultar alarmante, como mirarse mucho al espejo o desde muy cerca? ¿Algunas partes de nosotros pueden aparecer en la imagen reflejada dentro de los ojos de nuestra pareja y hacernos pensar que se trata de proyecciones tipo “ese eres tú, no soy yo”?
El arte de dejarse ir no es suficientemente apreciado o no es suficientemente cultivado. Un sinnúmero de divorcios tal vez podría haberse evitado si los miembros de la pareja nos hubiéramos permitido separaciones breves. Por momentos una adecuada distancia (“aire”) hubiera dado mayor comprensión que la cercanía.

Sombras de la relación
La indiscriminación borra también los mensajes del propio cuerpo. La sexualidad amorosa es también un elixir real, un verdadero solvente del conocimiento intelectual; en especial, al cabo de un tiempo de convivencia, cuando decae la intensidad de los encuentros iniciales y el contacto físico se torna “algo normal”. Conozco a muchos hombres y a muchas mujeres que, como yo, entraron en crisis en ese momento por estar demasiado condicionados a esperar una intensidad en la sexualidad similar a la de sus primeras épocas.

Cuando vieron que mermaba, muchos rompimos parejas y matrimonios. Creímos que algo andaba mal en la relación. Aparecieron recetas: perfumarse, aceitarse, cambia la iluminación del cuarto, relajarse, tocar determinados puntos hipersensibles, sábanas de seda… Pero ninguna consideró lo que quizás nos estuviera pasando: que la sexualidad comenzaba a reflejar sobre las profundidades de cada uno el carácter de la relación.

Al principio, en el periodo de romance, podemos actuar tontamente, y el sexo puede parecer más interesante de lo que somos verdaderamente cada uno. La obra se mantiene en cartel durante varias temporadas, hasta que en una función, el o la protagonista descubre que no puede representar más ese papel; el cuerpo se desempeña, rinde, satisface… pero no miente.

En otras épocas –y en muchos adultos que no han procesado las transformaciones genéricas e intergenéricas de las últimas décadas–, lo habitual era compensar el desgaste de la relación con una cama afuera. Hoy por miedo al sida o por trabajo sobre sí mismos, bastantes hombres y mujeres buscamos insuflar congruencia a nuestras vidas y a nuestras relaciones a partir de un sinceramiento emocional. Cambios y elastización de roles, reformulaciones del sentido de la pareja y del compromiso, nuevas respuestas ante las exigencias sociales, mayor autorespeto y estima, son algunas consecuencias de buscar otros modos de tratarnos.

Pese a los avances introducidos por las psicologías, las mujeres, la revolución sexual en décadas recientes, sobreviven “malentendidos de base”. Vinculo esos malos entendidos con el hecho de que las mujeres compraron los mensajes –siniestros– que los hombres estuvimos enviándoles durante casi tres siglos: de que lo valioso es manejarse, trabajar y tener éxito en el mercado, y que el hogar y la crianza de los hijos son de importancia secundaria.

Desde que las mujeres entraron en el mundo de los trabajos profesionales, la mayoría de ellas aceptó puntos de vista masculinos acerca del mundo y de lo que vale o es significativo. No digo que la mujer vuelva al hogar; solo quiero subrayar que ahora ambos desvalorizamos ese ámbito y la crianza, sin importar quien los lleve a cabo. Según lo veo, esto tuvo más influencia que mucha proclama de liberación.

Como desvalorizamos la crianza y conformamos una sociedad basada primariamente en la competencia y no en la solidaridad, colocamos una gran carga sobre la intimidad. A un compañero de trabajo le gusta repetir: “El sexo es lo único verde que sobrevive en un mundo de cemento”.

De alguna manera, la revolución sexual fue tan represiva de la sexualidad como la ética puritana. Esta decía: “No lo hagas” o “Hazlo sólo bajo ciertas condiciones”. En los últimos años, me cansé de escuchar que “todo lo que pase entre dos adultos debe ser un éxtasis”. Influidos por ese lema, muchos jóvenes tomamos una relación y la despojamos de todo contenido, profundidad y cuidados prolongados. Esperábamos que ella nos diera un significado existencial. No es raro, por lo tanto, que muchos hayamos fracasado: nuestras expectativas iban más allá de lo que la sexualidad podía darnos. Desconocíamos otras variantes de la intimidad.

Como no podemos intimar con nosotros mismos, ni con el mundo natural, ni con nuestros compañeros de trabajo, como hay tan poca solidaridad por allí, colocamos semejante carga en la relación íntima. Pero ninguna puede satisfacer todas nuestras necesidades de cuidados. A veces pienso que lo que hemos perdido en la sociedad moderna es el sentido de vivir en el centro de un mundo con el que nos logremos sentir íntimamente conectados. Los pigmeos, pueblo sensiblemente ligado a su entorno, son un ejemplo excelente de esta interdependencia: hablan del mundo natural en términos de familia-madre-naturaleza-abuelo-estrella.

Nosotros, por el contrario, estamos aislados y tenemos una vaga conciencia de que vivimos en medios extraños, ajenos y hasta hostiles con nosotros. Entonces deseamos que la relación con otra persona, o con nuestra familia inmediata, satisfaga toda necesidad de intimidad. Cuando no lo hace, decimos “En algo hemos fallado”.

Tomado de:
Kreimer, J.C. (s/f). Intimidad. Rev. Uno Mismo. Vol. V (1)


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